Íñigo cerró de un portazo, dejó caer la mochila al suelo, se quitó la deportiva izquierda con ayuda de la derecha y la derecha con la ayuda del dedo gordo izquierdo y corrió a la cocina para prepararse el obligado bocadillo de Nocilla. Abrió la panera de golpe y vio que no había pan. Abrió la nevera de un fuerte tirón y, antes de sacar el pan Bimbo y cerrarla de nuevo de un golpe, comprobó con disgusto que no quedaba zumo. Cuando cogió del estante el bote de Nocilla bicolor le hacían ruidos las tripas, y salivaba cuando empezó a extender la espesa masa sobre las rebanadas de pan con expertos golpes de cuchillo. Llevaba más de dos años preparándose él solo la merienda, desde que tenía once. Desde que un día su madre había decidido que el niño ya era lo suficientemente mayor como para permanecer solo en casa esos tres cuartos de hora entre que volvía del colegio y llegaba la profesora particular para su clase diaria. A Íñigo le había dado mucha pena tener que despedirse de Nancy, la regordeta colombiana que llevaba yendo a buscarle a la salida del colegio desde que sus padres se divorciaron y su madre tuvo que volver a trabajar a jornada completa. Echaba de menos que le llamara “su hijo”, con aquel acento dulce y suspirante, aunque no lo fuera; echaba de menos sus deliciosos bocadillos, con el pan siempre recién tostado y rellenos cada día de un embutido diferente, sin un solo pellejo las finas rajas; echaba de menos que le preguntara si tenía muchos deberes, si le había salido bien el control de Gizarte o cuántas faltas había cometido en el dictado de inglés. Se preguntaba dónde estaría Nancy en aquel momento y si sus hijos estarían por fin con ella.
Dio los últimos retoques al sándwich y, después de ponerlo en un plato, lo llevó al salón. El mando a distancia apareció debajo del sofá tras unos minutos de pánico, y por fin Íñigo pudo dejarse caer en el sofá. Como cada tarde, puso Disney Channel en la televisión y el plato con el sándwich sobre sus rodillas.
El momento más placentero de la merienda era justo el previo al primer mordisco, ése en que contemplaba con ojos golosos los tres pisos de su perfecta obra a punto de ser devorada. Íñigo tenía un incómodo exceso de saliva en la boca cuando agarraba el monstruoso sándwich y Seguir leyendo →




Con la mano libre la agente Vázquez se secó como pudo el sudor de la frente antes de disponerse a retirar el húmedo objeto, que se resistió más de lo que en un principio había supuesto. Tiró de él insistentemente, provo


