(orto)graphías de un autorretrato

Solo en casa

30 Enero 2010 · 4 comentarios

Íñigo cerró de un portazo, dejó caer la mochila al suelo, se quitó la deportiva izquierda con ayuda de la derecha y la derecha con la ayuda del dedo gordo izquierdo y corrió a la cocina para prepararse el obligado bocadillo de Nocilla. Abrió la panera de golpe y vio que no había pan. Abrió la nevera de un fuerte tirón y, antes de sacar el pan Bimbo y cerrarla de nuevo de un golpe, comprobó con disgusto que no quedaba zumo. Cuando cogió del estante el bote de Nocilla bicolor le hacían ruidos las tripas, y salivaba cuando empezó a extender la espesa masa sobre las rebanadas de pan con expertos golpes de cuchillo. Llevaba más de dos años preparándose él solo la merienda, desde que tenía once. Desde que un día su madre había decidido que el niño ya era lo suficientemente mayor como para permanecer solo en casa esos tres cuartos de hora entre que volvía del colegio y llegaba la profesora particular para su clase diaria. A Íñigo le había dado mucha pena tener que despedirse de Nancy, la regordeta colombiana que llevaba yendo a buscarle a la salida del colegio desde que sus padres se divorciaron y su madre tuvo que volver a trabajar a jornada completa. Echaba de menos que le llamara “su hijo”, con aquel acento dulce y suspirante, aunque no lo fuera; echaba de menos sus deliciosos bocadillos, con el pan siempre recién tostado y rellenos cada día de un embutido diferente, sin un solo pellejo las finas rajas; echaba de menos que le preguntara si tenía muchos deberes, si le había salido bien el control de Gizarte o cuántas faltas había cometido en el dictado de inglés. Se preguntaba dónde estaría Nancy en aquel momento y si sus hijos estarían por fin con ella.

Dio los últimos retoques al sándwich y, después de ponerlo en un plato, lo llevó al salón. El mando a distancia apareció debajo del sofá tras unos minutos de pánico, y por fin Íñigo pudo dejarse caer en el sofá. Como cada tarde, puso Disney Channel en la televisión y el plato con el sándwich sobre sus rodillas.

El momento más placentero de la merienda era justo el previo al primer mordisco, ése en que contemplaba con ojos golosos los tres pisos de su perfecta obra a punto de ser devorada. Íñigo tenía un incómodo exceso de saliva en la boca cuando agarraba el monstruoso sándwich y Seguir leyendo →

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Autocita

30 Enero 2010 · 3 comentarios

No puedes fiarte de la gente, pero no puedes más que fiarte de la gente.

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Cubo de mierda fresca

28 Enero 2010 · 1 comentario

Hacer amistades nuevas es, a veces, como escarbar en un cubo de mierda fresca para recuperar esa sortija que se te ha deslizado inoportunamente dedo abajo. El resultado puede ser muy satisfactorio, pero puede que llegue el día en que uno decida que el sacrificio apesta demasiado.

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La madalena

23 Enero 2010 · 1 comentario

Antes de dejarse caer sobre el banco, se acomodó los vaqueros con sendos tironcitos en la rígida tela que le cubría los mulos. Aunque lo repetía más de una docena de veces al día, aquel gesto era totalmente automático; de hecho, si le hubieran preguntado, habría jurado que ni siquiera se había percatado de que lo hacía.

Sintió un inmenso alivio cuando sus posaderas tocaron la cálida madera, que pareció acompañar con su crujido el ruidoso suspiro que se escapó de entre sus labios. Del bolsillo interior de la chaqueta sacó el libro, que aún no había empezado, y lo colocó a su derecha en el banco. No tardó en volver a hurgar en el bolsillo, esta vez para sacar un kleenex con el que se secó el sudor de la frente; aunque el calendario marcaba el despunte del otoño, el verano todavía se empeñaba en dar sus últimas coleadas. Los gritos de los niños en el parque del Guggenheim, justo al otro lado de la ría, resultaron tener un efecto balsámico para su dolor de cabeza: escuchar la vida, sentirla, contribuyó a tranquilizarle del mismo modo en que a su padre le acunaba el rumor quedo de la televisión a la hora de la siesta. Contempló durante unos instantes aquella mole de titanio, símbolo del “quieroynopuedo” bilbaíno, pero enseguida una escopeta en el cielo llamó su atención. La escopeta se derritió para formar una amorfa corona que terminó por desvanecerse. Siempre le había gustado contemplar las nubes y tratar de descifrar sus cambiantes mensajes.

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Gema

21 Enero 2010 · Dejar un comentario

Como Gema, ni soy bruta ni soy perfecta. Mis caras, siempre iguales y siempre diferentes, se multiplican a ojos vistas, y siempre proyectan reflejos distintos. Todo depende de la posición -geográfica, angular, emocional…- de quien la admira. Algunas de mis aristas están casi totalmente pulidas, mientras que otras son todavía rasposas al contacto.

Aquél que intente dibujarme se perderá en el laberinto de mis líneas refulgentes, en el confuso fondo de mis caras transparentes, y sólo será capaz de esbozar aquel cuadrángulo que le quede enfrente. Tal vez llegue un día en que alguien decida deshacerse del reloj y pierda las horas en rodearme como quien da la vuelta al mundo, mirarme y palparme cara a cara… Alguien que persiga la quimera de llegar a saberse de memoria todos mis brillos, y que no desista ante la certeza de jamás llegar a conseguirlo.

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Anécdota noventayochista

11 Enero 2010 · 3 comentarios

Cuando [Delibes] ganó el Nadal, Pío Baroja elogió esta novela [La sombra del ciprés es alargada] en una entrevista que le hizo Antonio Covaleda para el diario Pueblo. Posteriormente, Vergés y Delibes fueron a visitar al anciano escritor. «Entonces le dije que se habían vendido 5.000 ejemplares en tres meses. Se echó a reír. “Joven, yo sé lo que puede vender la primera edición de un libro”, dijo. Entonces, José Vergés, mi editor, que me acompañaba, le dijo el viejo maestro: “Don Pío, es que en España han comenzado a leer las mujeres”. “Ah —Baroja cambió de tono—, si han empezado a leer ésas no digo nada.” No dijo mujeres sino ésas, pero entre Vergés y él acababan de poner el dedo en la llaga. La mujer empezaba a incorporarse a la cultura en España, a sentir una inquietud espiritual, y esa actitud no ha cesado de crecer desde entonces. Hoy podemos asegurar que las mujeres leen más que los hombres» (Entrevistado por César Alonso de los Ríos, El Semanal, 2 de abril de 2000, s.p.).

Curiosa anécdota de un Pío Baroja abuelete, aferrado a lo que conoció, leída aquí.

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“La sospechosa” (nuevo relato)

10 Enero 2010 · Dejar un comentario

(Aquí os dejo el relato que he ido escribiendo en anteriores entradas, para quien prefiera leerlo todo seguido).

* * * * *

–I–

María Dolores Vázquez Pradillo, veterana agente de la Policía Nacional, se preparaba en aquel momento para cumplir con la más vergonzosa, inmoral y rastrera de todas las órdenes que había tenido que acatar durante sus más de quince años de servicio. Con un enérgico gesto de la cabeza indicó a la sospechosa, a quien previamente había conminado a despojarse de la ropa interior, que se arremangara la falda hasta el límite que la vergüenza marca. Mientras, sus manos nerviosas pelearon con los guantes de látex, que terminaron rindiéndose a las formas angulosas de los dedos.

Try to relax –aconsejó en un inglés de torpe pronunciación.

It’s not that easy, you know? –replicó la sospechosa, alzando una ceja.

Su voz rasposa sonó aterida de sarcasmo a oídos de Lola.

Separate your legs, please. That’s it. Enough. Now I’m going. It will not make you hurt if you relax. Try to relax.

Dicho esto, su mano derecha, en forma de pinza, sobrepasó el límite del dobladillo de la falda y se adentró lenta y temerosa en aquella ajena cavidad femenina. Durante unos instantes sus dedos palparon obtusamente, como si en vez de una estructura similar a la que ella misma portaba, inexplorada, estuvieran reconociendo la madriguera de alguna alimañana peligrosa. Pero enseguida la pinza se cerró sobre el escurridizo blanco.

Con la mano libre la agente Vázquez se secó como pudo el sudor de la frente antes de disponerse a retirar el húmedo objeto, que se resistió más de lo que en un principio había supuesto. Tiró de él insistentemente, provocando los quejidos de la tensa sospechosa. Pero el objeto resultó estar hecho de silicona, y finalmente, tras un par de tirones más, se deslizó hacia afuera por el orificio vaginal. Salió catapultado por un inesperado ímpetu y su contenido –pues el objeto era un versátil recipiente– se derramó infortunadamente sobre el impoluto suelo, quedando éste teñido de un rojo vivísimo.

Efectivamente, era sangre. Nada de droga ni de explosivos líquidos, sino sangre. La sospechosa no había mentido: aquella “copa” era en verdad una novedosa alternativa a los tampones y a las compresas. Las mejillas de Lola se colorearon del mismo tono que el suelo; la agente se debatía entre la vergüenza por la derrota profesional y la fascinación personal. Porque aquel cacharro era sin ninguna duda revolucionario. Ay, cuando le contara a su hija…

You see? Didn’t I tell you? I’m going to bring a private prosecution against the National Police of Spain, especially regarding you and your mate, that fat son of a bitch. What you’ve both done to me goes against Human Rights, you hear me??

La ex-sospechosa no paró de increpar a Lola mientras se ponía las bragas, las medias y se recolocaba la falda. Aún seguía lanzando atropelladas amenazas en inglés cuando salió airosamente de la habitación dando tal portazo que la  preocupada agente Vázquez no pudo más que dar un respingo.

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Nuevo relato sin título – Parte Three (ÚLTIMA)

10 Enero 2010 · Dejar un comentario

Cuando Miranda se encerró en el cuarto de baño de minusválidos estaba temblando. Pero no de indignación, como había hecho creer a la agente de la Policía Nacional que le había hecho semejante reconocimiento ginecológico, sino de miedo. Habían estado a puntito de pillarla. Después de mojarse la cara para tratar de calmar los nervios bajó la tapa del váter y se sentó a esperar a que dejaran de temblarle las piernas. No tenía demasiado tiempo, y todavía tenía que hacerse con un tampón o compresa que sustituyera en su función a la “Mooncup” perdida. Maldijo en silencio en la perra española que le había metido los dedos hasta la garganta.

Lo primero era deshacerse de las bolsitas, antes de que ocurriera cualquier accidente. Con sumo cuidado trató de quitarse el aparato de la boca. Se le resistió un poco al principio. En realidad, aquel aparato no era una ortodoncia, sino el mantenedor que el dentista le había obligado a llevar cuando le retiraron los verdaderos aparatos a los diecisiete años. Hacía más de dos que no se ponía el mantenedor –que consistía en una barra de acero adosada a una especie de desagradable almohadilla rosácea– y le había costado Dios y ayuda encajárselos (lo mismo que le estaba costando desencajárselos); de hecho, hasta le habían provocado un terrible dolor de cabeza.

Una vez tuvo en sus manos el mantenedor, retiró lentamente las tres bolsitas súper prensadas que se habían quedado medio pegadas a la base de la almohadillita rosada. Comprobó que estuvieran intactas. Ahora tenía que esconderlas bajo la baldosa suelta, que, según le habían indicado, era la tercera de la segunda fila, contando desde la puerta. Alguien iría allí a recogerlas y subiría con ellas a algún avión destino quién sabe dónde. A ella sólo le pagaban –y mucho– por pasar los controles con las bolsitas ocultas dentro de su boca; suponía que los polvos que contenían eran droga, pero nadie se lo había dicho ni ella había osado preguntar. Casi era preferible no saber exactamente.

Hacía pocos meses que Miranda había conseguido el empleo, pero en ese tiempo se había hecho imprescindible en la “empresa”. Había empezado transportando sólo una bolsita, como todas las primerizas, y enseguida le habían invitado a transportar dos (con el consiguiente aumento de sueldo). Pero el desmesurado tamaño de su cavidad bucal –tenía la herradura de la boca inusualmente abierta– la capacitaba para portar hasta tres bolsitas. Teniendo en cuenta el ritmo al que estaba ganando dinero, Miranda confiaba en reunir muy pronto el suficiente para pagar íntegramente el tratamiento oncológico de su madre, que residía en los EE.UU. desde que ella tenía diez años. Tornaría a su aburrida vida diaria hasta que la llamaran para realizar el próximo porte: cuidaría los sábados por la noche de los pequeños de los Turner, trabajaría de sol a sol de lunes a viernes en una diminuta cafetería de la calle Halfmoon Lane y se acostaría de vez en cuando con Paul, su barrigudo pero bien dotado y exigente jefe. Seguiría ahorrando, poco a poco, para algún día poder iniciar estudios en Enfermería. Aunque ese futuro se le antojaba en aquellos momentos tan, tan absurdamente lejano…

No le había dado tiempo a recuperar su reloj antes de que aquel tipo de seguridad le condujera por entre las tripas del aeropuerto hasta aquella sala cuya impoluta y ortopédica blancura había ensuciado ella con su sangre. Debía de ser tarde. Ahora sí que había peligro de que perdiera el avión que tenía que trasladarla de vuelta a casa, de vuelta a su asquerosa pero segura rutina.

Se levantó con un suspiro y recogió su bolso del suelo con un gesto de cansancio. Envolvió el aparato en un trozo de papel y se lo metió en el bolsillo del abrigo; ya no lo necesitaba, por el momento. Se observó unos instantes en el espejo antes de salir del aseo de minusválidos y echar a andar a paso vivo en dirección a su puerta de embarque.

Se le había olvidado completamente que ya no llevaba puesta la “Mooncup”, que ya no llevaba puesto nada. El débil caudal de su sangre estaba empezando a empapar poco a poco su ropa interior, tiñendo imperceptiblemente las oscuras y gruesas medias.

Su pérdida empezaría a dibujar un reguero inconfundible de un momento a otro, y ni siquiera se daría cuenta…

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Nuevo relato sin título – Parte Two

10 Enero 2010 · Dejar un comentario

Aunque acababa de echar un vistazo al inmenso reloj que lo vigilaba desde la lejana pared de enfrente, Paco  consultó la hora que marcaban las agujas de su reloj de pulsera para corroborar que todavía le faltaban tres horas de trabajo antes de poder disfrutar de la noche del sábado. Y “disfrutar” era decir poco, con el disfraz de enfermera que se había agenciado la Pili. ¡Picarona! Tenían pensado estrenarlo aquella noche, después de una cena en la que sin duda irían directos al postre. Pero le dolía taaaaaanto la cabeza… Tenía gracia aquello: siempre era ella la que se quejaba de jaqueca cuando no estaba de humor para achuchones. Se masajeó ambas sienes con los dedos pulgar y corazón de la mano izquierda mientras con la derecha seguía manejando el ratón del ordenador.

Desde que habían instalado aquellos nuevos escáneres en el aeropuerto no había semana en que no sufriera de dolor de cabeza. No sabía bien por qué. Tal vez porque ahora todo era más lento y la gente se amontonaba ante sus ojos cansados en filas interminables. Tal vez porque esos viajeros  se estaban volviendo cada vez más huraños, molestos por los retrasos que provocaban esas interminables filas en las que se les obligaba a amontonarse. Tal vez era por tener que concentrarse tanto en la pantalla del ordenador al que estaba conectado el escáner que le habían asignado. Antes cacheaba un poquito y ya estaba, que pasara el siguiente; sí es cierto que a veces le tocaba comprobar el pequeño escáner que analizaba los abrigos y las maletitas de mano, pero no era más que pura rutina. ¡Y las risas que hacían! Siempre había algún cotilleo que intercambiar a la hora del bocata. Que si te has fijado en las tetas de la rubia culona del jersey azul… Que si qué fuerte que aquella otra llevaba un vibrador en la mochila… Y cosas por el estilo. De hecho, tenían un ránking que actualizaban a diario: las brasileñas ganaban por goleada en la categoría “culos en pompa”, seguidas de cerca por las africanas y por las rusas; las holandesas lucían los mejores “jamones” de toda Europa, aunque las suecas suponían una durísima competencia; las españolas se llevaban la palma en cuanto a “pechonalidad”, las francesas en cuanto a “morritos”…, etc. Ahora todo era mucho más serio y los jefes estaban mucho más pendientes de su trabajo.

Se animó un poco cuando se dio cuenta de que aquel bombón en el que llevaba fijándose un buen rato iba finalmente a rendir cuentas ante su escáner. “Qué apostamos a que la negraza esta es inglesa”, se dijo, sin equivocarse. A medida que se separaba de la interminable fila pudo ir haciendo la evaluación completa: de cara, un 7 raspado (una pena los aparatos que llevaba en los dientes); de pecho, un 9 (porque, aunque las tenía pequeñas, eran redonditas y parecían firmes); las piernas las tenía de 10, lo cual apuntaba a un trasero de sobresaliente aunque todavía no pudiera confirmarlo. Sí. Definitivamente era un pivón.

Hello –saludó Paco después de un carraspeo.

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Sobre la vejez

9 Enero 2010 · 3 comentarios

-¿Teme usted a la vejez?

Metió los dedos pulgares bajo las solapas de su faena.

-¿Por qué voy a temerla? La vejez es la etapa más agradable de la vida; rodeados de los que nos quieren vivimos otra vez nuestros recuerdos. Pero esta vez sin incertidumbre ni desasosiego, sabiendo que lo pasado ya pasó.

La sombra del ciprés es alargada, de Don Miguel Delibes

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